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Agosto 2008

Gracias a todos los que me acompañaron en una etapa de casi cuatro años, entre idas y vueltas, entre allí y aquí, casi cuatro años. Empezó un mes de julio de 2004. Ahora ya no sé si soy aquella que se fue. No me atrevo a contar los pedacitos que se desprenden de mi cuerpo. Y aprendo a vivir con lo que fui antes / durante / ahora. Quizá he cambiado de vagón y varios pedacitos se quedaron en él. El vagón del ayer. Otros siguen conmigo.

Aprendo a vivir un nomadismo interno. Me preparo para vivir este viaje en mi ciudad natal, después de unos meses de caminar palpando lentamente los reencuentros, el punto de partida empieza este mes de agosto caluroso.

Barcelona se paraliza, sin actividad frenética, será el momento de reflexión. Este temor de ser zambullida por mi ciudad me aterra, verdaderamente me aterra. Tan encantadora y maldita, Barcelona no me expulses esta vez.

La nostalgia del ayer gotea entre las imágenes que se proyectan en esta gran pantalla que es la memoria, se comen a bocados las unas a las otras, porque todas desean estar presentes.

Viviendo el presente, me exalto de placer por todo lo vivido, me estremezco de dolor por inevitables pérdidas, aquellas que permanecen en la burbuja del ayer, se quedaron allí intocables, me deleito entre partículas coloreadas que sustentan mi presente. Y vivo el presente. Cierro los ojos, tengo ganas de penetrar en un profundo sueño. Algo se movió aquí dentro, quizá me lo revele el sueño.
(Obra: Luz Novillo-Corvalán)

Cayó en mis manos "La luna nómada" de Leonardo Valencia

Atraída por el título, no dudé en comprarlo. Reconozco que más de una vez compré un libro porque el título despertó en mí alguna sensación, y, en este caso, esas dos palabras fueron determinantes.

Luna y nomadismo. C´est tout.

Y dos citas que aparecen en él:

“El siniestro espíritu del cosmopolita: esa consecuencia poco confortable de haber conocido muchas tierras y no sentirse en casa en ninguna”, Henry James

“No sentirse en casa en ninguna parte pero sentirse bien casi en todos los sitios”, Georges Perec

Cuando nombro ciertas palabras tales como raíz u origen realmente me atemoriza. El peso de las mismas es tan contundente que caen en seco al suelo, a la tierra. Como si un ladrillo fuera lanzado con fuerza. Y anhelo tocar la tierra, desplazarme sin apenas ser elevada, pero algo me impide seguir caminando. Un golpe de viento traspasa de manera súbita mi cuerpo, y éste se convierte en algodón. Y el algodón se deshace y es entonces cuando empieza a volar y, de repente, los pedacitos de algodón se posan en varios lugares, en varias tierras.

Me elevo y en el instante más inesperado caigo en seco a la tierra.

Recupero mis raíces, esté donde esté. Pero el vuelo es tan acelerado, tan siniestro y tan arrebatador que las raíces empiezan a diluirse… y mis casas se multiplican.
Y las “mis” pasan a ser “las”.
Y las miradas ya no son las mismas.
Y ahora existen contrastes.

Los pedacitos de algodón se desplazan sin rumbo. Rojo, violeta, azul, amarillo, negro atrapan los pedacitos. Los colores ya no se van más.
Marzo´07

Fotografía tomada en la parte trasera de una camioneta que nos llevó a Cabo Polonio (Uruguay), un lugar perdido... en julio 2006, invierno en Sudamérica.

Hace tiempo que mi vida transcurre entre valijas

Hacer, deshacer, organizar, amontonar libros, ropa, fotografías, miles de anotaciones, cuadernos de viajes...Limpiar y limpiar los espacios que ocupo en un tiempo determinado, los hogares que habito por un año, dos meses o tres días. "Fer net", como decimos los catalanes. Volver a empezar con energía, dejar atrás, con un aire de nostalgia, sin anhelar volver.
Con el tiempo, estoy aprendiendo a desprenderme de cosas, de simples cosas. Hasta el día de hoy algunos pedazos de fotografías revolotean por los desechos. Mi ropa se encuentra distribuida entre mis amigas de Córdoba y Barcelona. El patrimonio literario empieza a ser desbordante y jamás quise dictar un orden.
Los fetiches viajan conmigo, eso sí. Soy fetichista. Sin embargo, en dos segundos aquello que fue esencial, ahora se transforma en prescindible. El dinamismo nutre el camino.
Estoy aprendiendo a "fer net" y me gusta, me hace sentir bien.

Hace tres meses que llegué a Barcelona y hace unas semanas que empecé a leer de nuevo las bitácoras de viaje, que mi vista se deleitó en las fotografías, que desvalijé todas mis pertenencias y los recuerdos empezaron a caer como gotas de agua. Gotas agresivas. Dulces y contundentes. Directas a las vísceras.

Y el ayer se transforma en relativo, el presente en inestable y el futuro en incierto. Y es así como empiezo a vivir el presente. Escribo un capítulo más, mientras Laurie Anderson invade mi nuevo espacio y las paredes empiezan a ser vestidas.
Y es una extraña vivencia seguir con el anteayer, el ayer y aprender a estar aquí, a retomar lo que tenía, lo que sentía, porque todo está en continuo movimiento, porque el invierno ya me abriga con el frío y el año termina con una gran valija que todavía no me atreví a abrir, quizá jamás encuentre la llave o quizá esa valija deambula por los aeropuertos. Porque no hay un lugar eterno.

Perdí la llave… como siempre, pierdo cosas y en el momento más inesperado las encuentro a mi lado.

Valijas, cambios, ciclos, lugares, personas. Un capítulo más. Una triste despedida. Un reencuentro fugaz. Un volver extraño. Una raíz transformada.

Mientras me preparo para un viaje incierto esa gran bola reinante llamada sol por momentos incrusta rayos en mi piel.
Estoy sentada en la sala de espera y el vuelo todavía no llegó. Por el momento observo. Sin más, me dejo llevar. Y sigo aprendiendo... y sigo, sigo...
Diciembre´06
(foto: mariona guiu)

Las despedidas

Camino. Silencio. Mirada perdida, resguardada. Escondida al otro lado de las gafas de sol. Día gris. Y los ojos no se atreven a mirar.

Y las palabras divagan en la garganta, envueltas por una cuerda gruesa que fisura las palabras.

Silencio. Temblor en el cuerpo. Silencio.

Una mirada perdida en el camino hacia el aeropuerto.

De repente, un hilo de voz aparece…entrecortado por el sollozo.

Unas lágrimas que se liberan. Y un alma que arde.

La eterna y efímera angustia de la despedida.

Un adiós. Alargar un adiós. Un maldito adiós y hasta la vuelta.

Una ausencia. Una triste y dulce ausencia.

Alguien que se va. Alguien a quién dejo. Fantaseo el reencuentro.


Diciembre´06

...en transición...

Ser anónimo en la esfera del nomadismo.

La seducción que genera lo desconocido. Desplazarse entre un lugar y otro. El cambio de territorio inyecta adrenalina en las venas. Sensaciones que se precipitan como súbitas contracciones placenteras.

Nunca sabemos lo que nos depara un viaje. Las experiencias, acontecimientos y encuentros, por ínfimos que sean, se apresuran como leves insinuaciones misteriosas. Y es en el momento que logramos descargar esa mochila de resonancias del pasado, que el viaje nos invita a dejarnos llevar. Y nos dejamos llevar...

Nos deslizamos en el eterno desplazamiento donde los extremos se despliegan de manera frenética y los estados de ánimo son absolutamente ciclotímicos. Palpamos la huida hacia un destino incierto que, por momentos se acelera y, por momentos, se aleja lentamente. Es el camino a ninguna parte, donde las decisiones adquieren un matiz clarividente.

Me pregunto si la huida nos condena a una constante esclavitud, acechada por el anhelo al nomadismo, o es, más bien, una libertad construida en nuestro imaginario.

Nos convertimos en eternos extranjeros en tierras ajenas. No sentimos la sensación de pertinencia a ningún lugar y, al mismo tiempo, una serenidad embriaga nuestros sentidos cuando presentimos formar parte del todo y de la nada. Estamos dentro y fuera.

Y cuando osamos analizar una realidad inexplicable retrocedemos en cuestión de segundos. El intento por adivinar aquello impalpable nos sumerge de nuevo en la esfera de la razón. No desistimos y reincidimos en el esfuerzo por permanecer en el estado de tránsito. Y de lo efímero hacemos vivencia eterna.

Nos abandonamos a la suerte de ser extranjeros vagabundeando entre mástiles delirantes de intuición. Y nos lanzamos, sin más, al vacío.

buscando...

Voy perdiendo el deseo de lo que busco, buscando lo que deseo.
Antonio Porchia en "Voces"

Diminutas partículas vivientes divagan en el peligroso túnel de la esfera terrestre, seducidas por el vértigo de instantáneas luchas atravesadas por la insatisfacción.

¿Por qué siempre estamos buscando? ¿quién encuentra deja de buscar? ¿por qué hay personas que nunca buscan? ¿por qué hay personas que son “supuestamente felices” con lo que “tienen”?
Vivimos en una sociedad capitalista donde el “tener” se antepone al “sentir”. Y el “sentir” está dejando de existir.

La locura despliega su acérrimo poder cuando intentamos zambullirnos en esta maldita rueda frenética y galopamos a pasos agigantados, perdidos en la era de la ansiedad y la depresión.

Y así es como el tener, tener y tener se antepone al sentir.

Caminamos entre tupidos velos que nos impiden ver más allá y buscamos.

No nos detiene nada en esta absurda y anhelada búsqueda.

Nos movemos, sumergidos en una esfera en llamas, danzamos entre aguas imperceptibles que, de vez en cuando, se convierten en olas inesperadamente violentas.

Y seguimos buscando...

Nos enfrentamos continuamente contra enormes muros y fantasmas indecisos. Esa maldita búsqueda sin sentido, o sí, quizá ¿tiene sentido?.

Y seguimos buscando...

Cuanto más descubrimos, encontramos a medias (¿es un espejismo?), el pensamiento anhela adentrarse de nuevo en la perdición. Volvemos a empezar en la frenética rueda.

Y seguimos buscando...

Huracán vital que despierta temor y atracción al mismo tiempo. Buscamos todo aquello que jamás encontraremos, porque todo está en continuo movimiento y el reino de la relatividad desplaza las verdades absolutas.

Y los humanos que dejaron de creer en los dogmas, los pilares convencionales y la estructura propia de la sociedad capitalista, son pocos. Estos humanos siguen buscando. Es la búsqueda de la búsqueda. Resulta difícil abstraerse del entorno y seguir el instinto. Sin embargo, es posible. No deja de ser una suerte de inconformismo.

Buscar y encontrar. Caminar, buscar, perder, caminar. Círculos soñadores, movimientos soñados. Volar. Aterrizar. Volar. Nos perdemos en la búsqueda del sentir. ¿Realmente deseamos encontrar?

Todo ínfimo encuentro provoca la detención completa del ser. Pero todo tiene un final. Es cambiante y transitorio. Y todo final supone de nuevo una búsqueda. ¿Seremos eternos en la búsqueda?. ¿Algún día descubriremos el secreto para aprender a regocijarnos en ella?.

Sólo es suficiente con un amanecer para que todo vuelva a empezar

Observando en Caraiva (Brasil)