Anécdotas de una extranjera en Córdoba (Argentina)

Una mañana cualquiera de un día cualquiera en Nueva Córdoba. Salgo de mi departamento, ubicado en un edificio del Boulevard Chacabuco. Dependiendo de mi estado de humor saludo con más o menos énfasis a Fabhio, el encargado del edificio. ¡Toda una odisea! Porque si le digo algo más que buenos días me puedo ver sumergida en una vorágine de palabras que elaboran un manual de reflexión sobre el tiempo, los catalanes, la pileta, los vecinos, la política en Argentina, la imagen de los argentinos en España, el porqué del mal funcionamiento del ascensor, etc... Hay personas que siempre tienen conversación y opinión para todo y me parece increíble. A veces hago ver que llego muy tarde, siento cierto en muchas ocasiones. Me pongo los anteojos y le digo unos buenos días efímeros.
Intento parar un taxi, de los que descienden por Boulevard Chacabuco como si fuera una pista de rally. Uno ocupado, el siguiente también ocupado, otro no me ve y otro más, una señora me lo roba delante de mis narices. Intento no exasperarme. Nueva Córdoba cada vez está peor, tráfico, ruido y caos. Nueva Córdoba es un conglomerado de bares con la música altísima y las mesas plagadas de cerveza, pizza, lomitos y empanadas, dispuestas a ser ingeridas por una gran multitud de estudiantes que provienen de pueblos cercanos a Córdoba. Mientras camino intento alejarme de tanta fauna humana, a veces resulta imposible, pareciera como si toda una serie de obstáculos me irrumpieran el paso de manera agresiva impidiéndome arribar a mi destino, sea cual fuere. Finalmente, logro huir, sana y salva.
Sin embargo, no termina acá, cuando no son los estudiantes, son los obreros. ¡No me puedo olvidar de los obreros!. Nueva Córdoba está sumergida en una contundente especulación inmobiliaria. No sería lo mismo sin los obreros y sus piropos con una tonada profundamente cordobesa. A veces cambio de vereda porque ya los veo venir y detesto que todos mis movimientos sean observados por veinte ojos desesperados, y menos cuando no estoy de humor. Sin embargo, en esos días horribles que más vale no haberme mirado al espejo, resulta una buen mecanismo para sentirme atractiva.
Finalmente entra tanto obrero, estudiante, auto, caos, encargados charlatanes, vislumbro un taxi que se dirige hacia mí. Lo encontré.Abro la puerta.
-Buenos días. A Deán Funes, al 1500.
-¿De dónde es usted?
Se dirige a mí una voz con una tonada cordobesa, sorprendida ante mis vocablos pronunciados de forma extraña, remarcando las “z” de manera tosca. La curiosidad del taxista se adelanta a sus correspondientes buenos días. Cierro la puerta atolondrada del auto, con cautela. En algunas ocasiones, los taxis de Córdoba parecieran como si fueran de camino al desguase. Me da la sensación que de un momento a otro van a detenerse en medio de la calle y empezaran a escupir humo de la parte delantera. Por esta razón, cuando llueve en Córdoba, los taxis desaparecen. Los taxistas no quieren quedarse sin su empleo. Lógico. Finalmente cierro la puerta.
-De Barcelona
-Ohhhh, ¿¿y qué hace usted acá?? –me dice el taxista, observándome como si yo hubiera salido de un ovni, de esos que, parece ser, aterrizan en el Uritorco (en Capilla del Monte). Los taxistas de Córdoba son los entrevistadores natos. Tan sólo es necesario apretar la tecla Play y reproducir mi historia de vida.
Lo confieso: más de una vez me atreví a inventarme historias. Mis propias ficciones de vida.

Abril 2006
Córdoba, Argentina